miércoles, 27 de junio de 2012

Alumnos: la complacencia no es rentable

Muchas instituciones de educación superior confunden la complacencia con la exigencia. Suponen que tratando de tener al alumno grato para que no se vaya a otra institución éste va considerar que esa institución donde estudia es buena. Muy lejos de la verdad. Exigirle lo justo, “ayudarlo” a sacarse a buenas notas, darle muchas oportunidades para que pase de curso, hacerse los desentendidos con las inasistencias, decirle que si a todas sus disculpas, es muy frecuente y a veces una filosofía institucional. Frases como: “no seas duro con él o ella”, “no le exijas mucho”, “dale oportunidades para que apruebe”, “recuerda que no queremos que se vaya”, las he escuchado tantas veces. ¿A quién se engaña? Al alumno no, porque siempre se da cuenta que la excelencia académica no existe por ningún lado. Sólo se engañan los directivos autocomplacientes, los pusilánimes, aquellos que no quieren complicarse la vida, que creen que facilitándole la vida, éstos serán mejores profesionales y sabrán manejarse bien después en un mundo competitivo y salvaje.

 A la larga el alumno agradece la exigencia, la excelencia académica y que le den los recursos verdaderos para enfrentar su profesión con dignidad. ¿O acaso en esas instituciones consideran pecado exigir al alumno y decirle las cosas como son? Hablar duro y con la verdad, de frente, enseñar al nivel que corresponde y con las exigencias de quién forma un profesional para la alta competencia le sirve mucho más al alumno para enfrentar la vida que una actitud complaciente y una mano en el hombro. El alumno se da cuenta cuando le exigen poco para que no se retire pero quizás igual se irá y al salir al campo laboral se dará cuenta que le entregaron muy poco y que eso no es suficiente para ejercer. Ese egresado nunca hablará bien de la institución donde estudió y no será capaz de recomendarla. Sólo los directivos quedarán felices porque el alumno terminó ahí su carrera ¿Cómo? haciéndole la vida fácil durante sus estudios.

El estudiante paga para que le enseñen como corresponde y no para que le den lo mínimo para que apruebe y siga en la institución. El fin último de una institución de educación superior es sacar profesionales de calidad al mercado laboral ya que estos prestigiarán a la institución, y eso sí es rentable. La exigencia como corresponde, aunque duela. La complacencia no.

Las más grandes y prestigiosas universidades del mundo no se hicieron grandes pensando en el negocio de retener alumnos exigiendo lo mínimo y donde el esfuerzo del estudiante fuera poco, sino que se prestigiaron formando profesionales de excelencia con la exigencia que correspondiera para dar lo máximo. Y así, obviamente, ganan todos.